Ser padres o madres implica reactivar las experiencias como hijos y rememorar cómo fueron las relaciones con los propios padres. Tener un hijo es proyectar los deseos y anhelos pero también los miedos y las inseguridades. Tener un hijo es verse reflejado en un espejo deseando ver la mejor versión y no los defectos.

 

Desear que a los hijos no le pase nada malo en la vida, que sean felices, que no sufran y que puedan tener la mejor vida posible es normal y sano, y viene intrínseco en la categoría de ser padre o madre, pero en algunas ocasiones ciertos deseos se pueden transformar en temores e incluso en angustia.

Existen en la paternidad y maternidad miedos que son más arraigados, más profundos y tienen que ver con la propia historia personal, con las propias faltas que bajo ningún concepto se quiere que se perpetúen en los hijos; y aquí el quid de la cuestión: que algunos temores vienen tan cargados de angustia que como si se tratara de una profecía auto cumplida , tienden a perpetuarse.

Se dice que antes de que un hijo nazca ya existe en la mente de los padres como “el hijo imaginario”, y en algunos casos este hijo se puede adaptar al ideal, pero en otras ocasiones existen ciertos rasgos que se pueden alejar de los propios deseos, o incluso remover puntos delicados de la propia vida, que se hace necesario comprender y detectar.

Es aquí donde habrá que  adentrarse en cómo gestionar estos aspectos diferenciales con el fin de poder aceptar dicha individualidad.

En ocasiones, lo  más rechazable del hijo para los padres, coincide con las dificultades que ellos mismos padecieron de pequeños, no soportando ningún reflejo de ello en el hijo. En estos casos confunden lo vivenciado y rechazado con lo que perciben en la actualidad del hijo.

El narcisismo es fuente de vida pero también es una trampa y es así en tanto están en juego elementos vitales y constitutivos como son la identidad, las identificaciones, la vivencia de sí mismo y la autoestima.

Los padres han de hacer ese duelo para poder dar paso a lo nuevo del hijo. Habrá un trámite elaborativo para asumir-en una tarea psíquica nada fácil-que en ese ser hay “algo en mí” y no  que “todo ello es mí”. Esto se puede observar en  la necesidad de controlar como el hijo se comporta, interactúa, se desenvuelve.

Entrar en contacto con lo que se pone en juego en cada progenitor en una determinada situación que tiene que ver con los hijos, será el camino que ayudará a posicionarse ante el problema de forma muy distinta; estando más tranquilos, sin tanta ansiedad y menos tensión, lo que a su vez se verá reflejado en el hijo, dando la oportunidad de encontrar su lugar y su forma, aceptándolo, y sintiéndose el hijo aceptado por los padres.

Por tanto, es muy interesante poder entrar en contacto con los propios miedos y preocupaciones en relación a los hijos, pero también en relación a uno mismo, poder indagar que aspectos se están movilizando en esta situación y que tiene que ver con la propia historia de cada cual. Esto será el primer paso para colocarse de una forma sana, y permitiendo a los hijos crecer en su individualidad.

Es difícil enfrentarse a todo lo que a nivel inconsciente se pone en juego, pero ya poder reconocerlo y ponerlo en palabras, será todo un logro.

Aquí un poema del escritor Gibran Jalil Gibran (“El Profeta”):

“Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, ansiosa por perpetuarse.

Por medio de vosotros se conciben, más no de vosotros.

Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor; no vuestros pensamientos: porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis albergar sus cuerpos; no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del futuro, cerrada incluso para vuestros sueños.

Podéis esforzaros por ser como ellos, mas no tratéis de hacerlos como vosotros: porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Sois el arco desde el que vuestros hijos son disparados como flechas vivientes hacia lo lejos.

El Arquero es quien ve el blanco en el camino del infinito, y quien os doblega con Su poder para que Su flecha vaya rauda y lejos. Dejad que vuestra tensión en manos del arquero se moldee alegremente. Porque así como El ama la flecha que vuela, así ama también el arco que se tensa.”

Florencia Poy Carulli

Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta infanto-juvenil, de adultos y familias