El proceso de separación en la pareja no es una situación fácil y requiere transitar la pérdida y vivir el duelo, al igual que si se tratase del  fallecimiento de un ser querido.

Los mecanismos de negación durante el proceso de  divorcio son habituales, defensas al servicio de la angustia y el dolor que supone la misma.

Poder asumir la nueva realidad requiere de un tiempo psicológico, tiempo que debemos entender como proceso, donde será habitual la confusión y la duda; sintiendo en algunos momentos la necesidad de separación, en otros la posibilidad de reparación y así la persona irá de un lado a otro. En ciertos casos, acompañar dicho proceso con un terapeuta será necesario.

 

La Rabia

En muchas ocasiones, una vez asumida la realidad de la separación, se empieza a conectar con una emoción fundamental: la rabia.

La rabia es un sentimiento que protege la identidad y la dignidad de una persona, ya que es un sentimiento natural y básico que se experimenta cuando alguien se percibe tratado de una maneja injusta. Siendo utilizado de forma eficiente contribuye al fortalecimiento de una adecuada autoestima, ya que al expresar lo que se siente, piensa y necesita se establecen límites de contacto y se autoafirma (L. Bilodeau, 1998).

La rabia es una emoción muy poco validada socialmente y resulta fundamental durante el proceso de separación, poder conectar con dicha emoción, como paso previo para poder manejarla. Resultará necesario buscar vías adecuadas para darle salida, poniendo en palabras los sentimientos de la nueva realidad.

En caso de no poderla gestionar, podrá salir en momentos inesperados hacia personas que nada tienen que ver con la situación, o bien dirigiéndose hacia la propia persona, lo que podría generar auto reproches, e incluso desembocar en un cuadro depresivo.

 

La terapia servirá como lugar seguro para poder expresarse y ser contenida y también lugar donde reparar la herida que se posee y la necesidad manifiesta como paso previo para seguir transitando los procesos de duelo en la separación.

 

La rabia nos permite decirle al otro “no te permito que me trates de esta forma” “no me lo merezco”. La rabia por otro lado, permitirá transformar la culpa en responsabilidad.

 

Miedos: miedo a la soledad y miedo a la repetición

Son muchos los miedos que se despiertan en torno a una separación pero entre todos el más habitual es el miedo a la soledad y el miedo a la repetición.

El miedo a la soledad nos conecta con los miedos infantiles, con la ansiedad de separación de los progenitores. Aquellos momentos que de niño generaban mucha angustia por sentirse lejos de las figuras parentales.

Siguiendo a Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, si bien la capacidad para estar solo es fruto de diversos tipos de experiencias, sólo una de ellas es fundamental, sólo hay una que, de no darse en grado suficiente, impide el desarrollo de dicha capacidad; se trata de la experiencia, vivida en la infancia y en la niñez, de estar solo en presencia de la madre. Así, pues, la capacidad para estar solo se basa en una paradoja; estar a solas cuando otra persona se halla presente.

Por tanto, en el momento de la separación, se estará poniendo a prueba la fortaleza y base segura del sujeto en dichos momentos.

También puede estar el miedo a la repetición. En este sentido resulta imprescindible poner en el centro la responsabilidad de la persona para pensarse. Será necesario observar en qué grado la persona se siente culpable o culpabiliza a su pareja de la ruptura. Estar posicionado en la culpa no permitirá pensar sobre uno mismo y sobre lo que se puede cambiar sino que dejará atrapada a la persona en un lugar de victimismo y de inacción. “Sentirnos culpables de casi todo implica no ser responsables de casi nada”.

 

La culpa no nos ayuda, pero la responsabilidad si lo hace. Sentirnos responsables de la situación vivida nos permite ponernos en el centro de la misma y poder pensarnos. Poder entender lo que ha ocurrido, que se ha puesto en juego de nosotros nos permitirá no caer en los mismos errores en el futuro.

Los curiosos caminos del inconsciente nos llevan a repetir nuestras historias traumáticas con la ilusión en que en algún momento terminen con un final feliz” (M.Michelena).

Por ello, será fundamental entender el lugar que se ha ocupado en la relación anterior para así poder trabajar lo que se ha puesto en juego y en base a qué, como garante para no caer en el mismo lugar en el futuro.

 

La pena

La pena es la parte más dolorosa de toda separación porque implica dolor y tristeza. La pena no entiende de cuestiones racionales y aunque la persona se explique que ha decidido lo mejor, la pena hay que pasarla.

Aunque ante la pena, las personas con su mejor intención tienden a dar ánimos, es importante entender que lo mejor que se puede hacer es escuchar y dar un buen hombro para que la persona pueda llorar.

Debemos entender esta pena de la misma forma que entendemos la pena que una persona tiene en el momento en el que fallece un familiar. De ahí la expresión habitual que se utiliza en los funerales de “te acompaño en el sentimiento”. De forma similar se busca durante este momento que la persona se sienta acompañada y contenida para llorar su dolor.

Para pasar esta fase son necesarios muchos días, muchas lágrimas y muchos hombros. Es como si se estuviera produciendo sucesivas despedidas de la persona amada pero también de alguna manera, de lo que el propio individuo ha jugado en relación a la persona que ya no está.

El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos” (Publio Cyro)

Llorar a la persona que ya no está es llorar todo lo vivido con esa persona. Y un día de tanto llorarlo y tanto sufrirlo, la persona puede levantarse sin lágrimas y sintiendo que ya está, que ya ha sido capaz de dejarlo ir, y que ahora su energía puede estar puesta en otro lugar, con otras personas, con la mirada puesta en un nuevo contexto.

 

La aceptación

La aceptación es el ultimo paso del trabajo del duelo. La aceptación no ocurre de un momento a otro. Los duelos primero se rumian, se mastican y de tanto hacerlo, un día se digieren.

Y todo ello requiere tiempo, porque el tiempo psicológico nunca es lineal sino más bien circular,  no se mide como el tiempo real, y a veces se va para adelante, y otra vez para atrás, y así hasta poder levantarse un día y sentir que la persona va aceptando su nueva realidad y aquello que tanto dolía ya no lo hace con tanta intensidad.

En las rupturas, ¿se gana o se pierde? Ahí está la paradoja ya que son muchas las cosas que la separación quita pero también muchas las que da. ¿Se puede ganar cuando se pierde?

 

Una de las ganancias más significativas tras una ruptura es ganar en la verdad porque “la verdad genera dolor pero la mentira enferma”.

Vivir en una mentira genera síntoma en la pareja y en toda la familia  y por tanto,  poder hacer frente a la realidad implica ir sintiendo autenticidad , libertad y sobre todo dignidad. Esto implicará que la persona pueda hacerse cargo del rol que representa. Esto siempre será producto de un proceso y un trabajo psíquico que lleva su esfuerzo y tiempo y que por supuesto vale la pena realizar.

 

Florencia Poy Carulli

Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta infanto-juvenil, de adultos y familias.

 

Referencias Bibliográficas

Mariela Michelena (2012) “Me cuesta tanto olvidarte” Ed. La esfera de los libros.España.

Cristina Horno “¿Qué nos podemos encontrar debajo de la rabia?” Revista Bonding.

Winnicott, Donald (1958) “La capacidad para estar a solas”. Obras completas.

Sigmund Freud (1917) “Duelo y melancolía” en Obras completas, Vol XIV (Buenos Aires, Amorrortu, 2005).